No te busqué para salvarme del mundo,
ni para esconderme del frío de los inviernos.
Te encontré —o quizá nos encontramos—
en mitad del camino,
cuando la vida ya nos había enseñado
que caminar solo también era posible.
Pero contigo…
el camino cambió de sonido.
De repente el viento tenía testigo,
las montañas parecían menos altas
y las noches, incluso las más oscuras,
tenían una lámpara color cenote
encendida en la forma de tu risa.
Porque amar no es un hechizo eterno
ni una promesa suspendida en el aire.
Amar es algo más terco, más humano:
es levantarse cuando el día pesa,
mirar al otro cuando el orgullo grita
y decidir —una vez más—
que este vínculo merece pelea.
Amar es aprender el idioma del otro
cuando las palabras se vuelven torpes.
Es sostener la cuerda cuando el otro resbala.
Es saber que a veces uno lleva la mochila
y otras veces el otro la lleva.
No eres el destino de mi viaje.
Eres la persona con la que merece la pena atravesarlo.
Porque la vida no es un paisaje quieto:
es un río lleno de curvas,
de piedras,
de tormentas inesperadas.
Y en medio de todo eso
existe un milagro silencioso:
dos personas que, pudiendo soltarse,
eligen caminar juntas.
No porque sea fácil.
Sino porque han descubierto
que el amor verdadero
no es encontrarse en un momento perfecto.
Es seguir avanzando
cuando el camino se vuelve difícil,
cuando el mapa se rompe,
cuando el mundo parece demasiado grande.
Y aun así…
mirarse a los ojos,
entrelazar las manos
y decir sin palabras:
«Mientras caminemos juntos,
ningún horizonte nos quedará lejos».


